El trauma explicado para niños: cuando un recuerdo sigue asustando

Hay experiencias que producen un tipo de daño que es continuo en el tiempo. Estas heridas emocionales pueden influir en los pensamientos, los sentimientos y las reacciones del cuerpo, haciendo que quizás se recuerde muchas veces lo ocurrido, se tenga miedo en lugares parecidos o se produzca un sobresalto al escuchar un determinado sonido o ver un determinado objeto. Una situación aterradora, dolorosa o muy difícil puede dejar una herida que nadie ve desde fuera. Aunque no tenga sangre ni necesite una venda, esa herida también merece atención, protección y tiempo para recuperarse.

Esto no significa que sea débil, exagerado o desobediente, ya que la mente intenta entender lo sucedido y protegerse ante la posibilidad de que vuelva a ocurrir. Cuando esa huella genera un malestar intenso o dificulta la vida cotidiana, puede estar relacionada con lo que se conoce como trauma. El hecho de hablar sobre el trauma no busca asustar, sino demostrar que se pueden necesitar otras formas de recibir ayuda. Igual que una herida física puede sanar mejor cuando se limpia y se cuida, pero una herida emocional puede mejorar mediante seguridad, comprensión y acompañamiento. Expertos como Laura Tomé, una psicóloga especializada en trauma, explican que compartir estos problemas es vital, ya que, a pesar de que cada personas necesita un tiempo distinto para entenderlo, sentirse escuchado constituye el primer paso importante.

¿Qué es un trauma y por qué puede aparecer?

Un trauma es la huella que puede dejar una experiencia cuando resulta demasiado aterradora, dolorosa o difícil de comprender. Puede aparecer después de un accidente, una enfermedad grave, una pérdida, una situación de violencia, una catástrofe o cualquier acontecimiento en el que una persona haya sentido mucho peligro o indefensión. También puede relacionarse con problemas que se repiten durante bastante tiempo, como el acoso, el abandono o vivir en un ambiente inseguro. Lo importante no es únicamente lo que ocurrió, sino cómo se experimentó.

Dos personas pueden vivir una situación parecida y reaccionar de forma diferente. Una puede recuperarse rápidamente, mientras que otra continúa sintiendo miedo o malestar durante más tiempo. Esto sucede porque cada cerebro, cada historia y cada entorno son distintos. Influyen la edad, la personalidad, las experiencias anteriores y la presencia de otras personas capaces de ofrecer seguridad. Por eso no es correcto comparar sufrimientos ni decirle a alguien que debería encontrarse bien porque otra persona superó algo parecido.

La alarma del cerebro y los recuerdos que siguen asustando

El cerebro posee una especie de alarma encargada de detectar peligros. Si un perro corre hacia nosotros ladrando, esa alarma prepara rápidamente al cuerpo para actuar. El corazón late más deprisa, los músculos se tensan y la respiración cambia. Si bien podemos intentar escapar, defendernos, pedir ayuda o quedarnos inmóviles, las respuestas aparecen automáticamente y tienen una función protectora. No necesitamos ordenar al corazón que se acelere porque el cerebro realiza ese trabajo por nosotros.

Después de una experiencia traumática, esa alarma puede permanecer demasiado atenta. Dicho de una forma sencilla, es como un detector de humo que comienza a sonar incluso cuando solamente sale un poco de vapor de la cocina. Un ruido, una palabra, un olor, una persona o un lugar pueden recordar de alguna manera lo sucedido y activar nuevamente la respuesta de peligro. Por ello, puede sentir miedo, dolor de barriga, ganas de esconderse o necesidad de marcharse, aunque en ese momento no exista una amenaza verdadera.

Los recuerdos traumáticos pueden aparecer mediante imágenes involuntarias, pensamientos repetidos o pesadillas. Algunas veces parece que lo sucedido está ocurriendo nuevamente, porque la emoción se siente con mucha fuerza. En otras ocasiones, la mente intenta evitar todo aquello que pueda recordarlo, y se deja de acudir a determinados lugares o de hablar sobre ciertos temas.

¿Cómo puede sentirse y comportarse después de un trauma?

No existe una única manera de reaccionar después de una experiencia difícil. Algunas personas sienten miedo, tristeza, vergüenza, enfado o culpa, mientras que otras parecen no sentir nada durante un tiempo. En estos casos, es posible que se necesite permanecer cerca de otras personas, ya que se tiene temor a estar solos. Eso sí, estas respuestas no siempre aparecen inmediatamente, ya que a veces comienzan días o semanas después, cuando la situación ya parece tranquila.

El trauma también puede expresarse mediante el cuerpo y el comportamiento. Algunas personas tienen dificultades para concentrarse, recordar instrucciones o realizar tareas, otras vuelven temporalmente a conductas de etapas anteriores, como pedir ayuda para acciones que ya hacían solas.

Por eso, conviene ofrecer oportunidades para hablar, respetar los silencios y transmitir que cualquier emoción puede expresarse de forma segura y cómoda. Frases como “estoy aquí para escuchar” o “lo que sientes importa” resultan más útiles que pedir a alguien que olvide, sea fuerte o deje de preocuparse.

¿Cómo se trata un trauma?

El tratamiento de un trauma comienza creando seguridad. La persona necesita comprobar que el peligro ha terminado, que puede recibir ayuda y que sus necesidades son escuchadas. No conviene obligar a nadie a contar detalles para los que todavía no está preparado ni prometer que nunca volverá a sentir miedo. En estos casos es preferible acompañar, responder con tranquilidad y recordarle que sus reacciones pueden mejorar gradualmente.

Los profesionales de la psicología utilizan diferentes tratamientos según la edad, las características del trauma y las necesidades de cada persona. La terapia puede incluir conversaciones, juegos y demás actividades que ayuden a reconocer emociones. Cuando existe suficiente seguridad, algunas terapias permiten trabajar progresivamente los recuerdos y comprenderlos desde una perspectiva menos aterradora. El objetivo no es forzar a alguien a revivir lo sucedido, sino ayudarlo a procesarlo.

La familia y los amigos suelen formar parte del proceso porque puede reforzar la seguridad fuera de las sesiones. Si una persona siente que se encuentra en peligro, alguien le está haciendo daño o expresa deseos de lastimarse, es necesario pedir ayuda inmediata, ya que, recibir tratamiento no cambia el pasado, pero permite recuperar tranquilidad, confianza y libertad para continuar creciendo.